sábado, 27 de mayo de 2017

CIRCULADOR


No era amor
Era costumbre
No era costumbre
Era miedo
No era miedo
Era locura
No era locura
Era amor

domingo, 19 de febrero de 2017

La chica que odiaba estar sola







Se sabe más de sus performances sexuales que de sus amores. Marlene Dietrich dijo que era la mujer más inmoral del mundo. Todo lo que puede hacer una persona en una cama (o donde sea), ella lo hizo, con todos y todas, fuera legal o no. También afrontó sus consecuencias. Bebía, fumaba, se drogaba, y eso que venía de una familia muy correcta, que de chica la metió en una escuela de monjas. Su libertinaje le complicó la carrera de actriz pero no le importó. Dejó su sello no sólo en las tablas o en los sets de cine, sino que encadenó una serie de frases de antología:


“Si yo viviera mi vida otra vez, cometería los mismos errores…sólo que más deprisa”
“La cocaína no crea hábito. Debo saberlo, la he estado tomando durante años.”
“Querida, si de verdad quieres ayudar al teatro americano, no te hagas actriz, hazte espectadora”
“Tengo tres fobias...: odio ir a la cama, odio levantarme y odio estar sola.”
“Sólo las buenas chicas llevan diarios. Las chicas malas no tienen tiempo para eso.”
“ Mi padre me previno en contra de los hombres y el alcohol, pero nunca dijo nada sobre las mujeres y la cocaína”
“Hay menos en esta obra de lo que salta a la vista”
" Yo he probado la mayoría de las variedades del sexo. La posición convencional con un hombre me da claustrofobia, bajando con una mujer me deja el cuello duro y bajando con un hombre me disloca las mandíbulas....."
"Sólo volví a Estados Unidos para ganar cincuenta mil dólares por película y para cogerme al divino de Gary Cooper"


En el mismo tren en el que viajaba Tallulah se encontraban Joan Crawford y su marido, Douglas Fairbanks, Jr. Cuando le presentan a la Crawford, Tallulah le dice "querida, sos divina. No te preocupes, si yo llego a tener un asunto con tu esposo, vos seguro sos la próxima..." Tallulah cumplió, poco más tarde, con ambos.

Tenía un aire a su enemiga Bette Davis (que le arrebató más de un protagónico e hizo una película inspirada en una episodio de su vida) Una vez se enteró de que Bette andaba esparciendo rumores sobre ella y advirtió: “Cuando la agarre le voy a arrancar uno a uno todos los pelos de su bigote.”

En una ocasión en que un periodista le preguntó qué habría sido de no ser actriz ella respondió “dudaba entre madre superiora, puta y presidente de los Estados Unidos. ¡Espero que pongas en tu libreta que habría hecho de maravilla las tres cosas!”


Tallulah solía pasearse desnuda para demostrar que era una rubia natural. Protagonizó el film de Hitchcock "Náufragos". Durante parte del rodaje ella no llevaba nada debajo de la falda. Concretamente eran unas escenas que se desarrollaban en una barca que había en el estudio, dicha barca tenía una escalera por donde se accedía y todos los componentes del rodaje trepaban hacía ella y veían todo el "panorama". A algunos no les gustó y protestaron. Entre ellos una periodista muy puritana que puso el grito en el cielo y el escándalo llegó al productor. El productor indignado llamó a Hitchcock y le dijo que aquello lo tenía que solucionar. Hitchcock que no se atrevía con Tallulah tuvo una genial respuesta. Le dijo a su productor que no sabía si el problema de Tallulah correspondía al departamento de vestuario o al de peluquería y que él jamás se entrometía en un problema de departamentos.


Tallulah Brockman Bankhead nació en Alabama en 1902 y falleció en Nueva York en 1968. Para los que nunca la vieron, pongo un pequeño video en el primer comentario, es una buena ocasión para conocerla. Destacan sus besos (mejor dicho, sus abrazos) y especialmente sus grandes ojos en contraste con su boca pequeña. No encontré mucho acerca de algún gran amor pero no importa porque quizás no le interesaban los grandes amores.

Eso sí: Tallulah era una chica que odiaba estar sola.

domingo, 5 de febrero de 2017

NO ES



No es que revuelva tu cartera
Quería esconder esta poesía-remedio
Para caso de domingos de lluvia
Para días sin color
Alegría que le empate
A una SUBE en menos diez
A una Stella sin burbujas
A un Amor que se refugia
Del amor

lunes, 16 de enero de 2017

El bombero


Viendo en el cuartel que los incendios se apagan más rápido que las penas, el Comandante nombró “Bombero Apagatristezas” al muchacho recién llegado, quien recibió la designación con sorpresa y una sonrisa de oreja a oreja, la cual funcionará como el mejor de los matafuegos que jamás se hayan inventado

viernes, 4 de noviembre de 2016

Daniel



Mi tío Daniel era electricista, pero había conservado la herrería de mi abuelo intacta en el fondo de la casa. Era buenísimo jugar ahí, con tantas herramientas, clavos, cajas y tornillos que no se tocaban nunca, excepto cuando mi tío necesitaba arreglar algo. Para mí el campo no era la llanura, era la herrería de mi abuelo. Y mi tío Daniel. Todos amábamos a mi tío Daniel. Sus padres, sus hermanos, sus amigos. Luego lo amamos sus sobrinos, su esposa y su hija, mi prima. Los perros también lo amaban, lo seguían fielmente por todos lados, encabezados por Batuque, pelo negro, mi favorito de esa jauría atorrante y agradecida. A él le gustaban mucho los caballos. Naturalmente ellos también lo amaban.
Mi tío Daniel me hacía barriletes y hondas perfectas. Y me llevaba al campo cuando tenía que hacer algo allí. Pocas palabras, sonrisa siempre, incluso cuando se enfermó. Hacía lechones inolvidables y un día que vino a Buenos Aires a atenderse (odiaba esta ciudad) fuimos a comer un pollo a la calabresa a La Viña del Abasto. El plato se demoraba eternamente, así que mi tío Daniel llamó al mozo y con una sonrisa (jamás enojado) le preguntó:

- Che, ya agarraron al pollo?

Cuando mi padre discutía a los gritos con mi abuelo por Perón, como pasa siempre con la grieta, mi tío Daniel se ponía serio. Una vez incluso se levantó y se fue, aunque cuando la discusión terminaba recuperaba la sonrisa. Mi tío Daniel tenía muchos libros y revistas en un cuarto, donde también había magazines, unas cosas grandotas que adentro tenían cintas para escuchar música que eran muy modernos y yo nunca había visto. En un galponcito, fuera de la casa, colgaban chorizos para que se sequen, todavía recuerdo esa fragancia deslumbrante, entraba sólo a olerlos, luego iba a leer sus revistas al cuarto, sin pedirle permiso.
Hace unos días estaba en la Estación Constitución en pleno aguacero y las estructuras de hierro que chorreaban me recordaron a la herrería de mi abuelo. Era un día cualquiera en Arenaza, llovía a cántaros y yo jugaba a que soldaba, con la máscara y todo. Apareció mi tío Daniel, seguido por Batuque y la mansa jauría para preguntarme qué prefería, un barrilete o una hondera, aunque él sabía que yo le iba a decir que quería las dos cosas. Fue un instante apenas, luego me metí en el subte, que estaba tan oscuro como el cielo de aquel lejano día luminoso y feliz.

La trama



“Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena” 
(“La trama” Jorge Luis Borges)


Domingo 16 de agosto de 1.964. La reunión se haría en el domicilio de Raúl Baron Biza, el esposo. Hasta allí llegó Clotilde Sabattini, la cónyuge, desde Córdoba. Estaban los abogados de los dos en el piso de la calle Esmeralda para arreglar los términos del divorcio. El esposo al principio se enojó.  Teniendo enfrente a una mujer madura que no lo quería más, sólo veía a la niña que desposó cuando apenas tenía quince años. El deseo de venganza permitió la calma necesaria para que el plan fuera cumplido: Barón ofreció una ronda de whisky para todos,  aunque sabía que alguien pediría sólo agua. Le sirvió a Clotilde de una jarra que no tenía agua: tenía ácido y se lo arrojó en la cara.

Fernado Farré asesinó a puñaladas a su esposa Claudia Schaefer el 21 de agosto de 2.015, preso de la ira y los celos porque ella quería divorciarse. Como Barón Biza, los todavía esposos se encontraron en la casa donde él vivía, sus abogados también. En un momento que quedó a solas con ella la mató, los abogados nada pudieron hacer.
Pasaron más de cincuenta años y se repitió la historia, hombres violentos citan al objeto de sus celos en la casa donde viven. Los abogados convalidan la supuesta buena fue de la reunión y entonces, inesparadamente, el esposo mata o lesiona gravemente a la esposa sólo porque iba a ser dejado. La trama se repite, como en la imaginación borgeana.

Quizás dentro de cincuenta años, en una situación similar, un abogado perspicaz piense que no es buena idea ir a la casa del esposo e  impida de esa manera la comisión de un crimen. Su sentido común, tal vez, le indique que es mejor encontrarse en una oficina, como suele ocurrir,  y así venza a ese destino amante de las  variantes y las simetrías. Es posible entonces que gracias a ese mínimo detalle, una mujer no muera simplemente para que se repita una escena.






Enlaces

viernes, 21 de octubre de 2016

Viernes


Después de tanto
irrealismo mágico
Es preciso una gran dosis
del agua del Camarón
del rostro de la cubana
bebiendo sola en La Gruta
Luego a dormir con Sabina

Con prohibición de soñar